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Archive for 30 octubre 2010

La juventud está que da asco verla. En mis tiempos… Así podría empezar el típico lamento de cualquier abuelo cebolleta al uso. Pero no, esa frase la firma un servidor, un tío que comparte fecha de nacimiento con Garfield, vamos, que estoy hecho un chaval. Y es que supongo que todos los que hayáis pasado la barrera de la adolescencia –al menos intelectual- sentiréis una especie de repelús mezclado con ira al ver a la chavalada de hoy en día. Su único fin es vestir lo mas cool- fashion posible, beber como si cada botellón fuera el último y… y creo que nada más. Sé que alguno pensará: “en mi generación la cosa no era muy diferente”. Cierto a medias, querido amigo. A medida que nos vamos atrás en el tiempo, el asunto de la idiotez adolescente disminuye exponencialmente. Pero tranquilos, ¡oh padres y tutores!, la culpa no es toda de vuestra pésima educación, una buena parte es ajena a los cuidados paternos y explicable a la luz del darwinismo (¡herejía!).

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Tucker es un tipo con suerte. No ha tocado un libro en su vida y tiene exactamente el trabajo que yo sueño desde que era chaval. Aunque también es cierto que el tiene algo que no se aprende en ninguna universidad ni paseando el mundo de voluntario. Tucker tiene un olfato infalible. Ventajas de ser un perro, no un humano. La misma herramienta de trabajo que los de su especie usan para trabajar de policías o rescatando personas es la que usa Tucker para colaborar con la ciencia.

Su jefe es Samuel Wasser, un biólogo de la Universidad de Washington, con el que cada día sale en una pequeña embarcación por el estrecho de Haro, que separa Las islas San Juan de la isla de Vancouver. Su misión, detectar las heces flotantes de los miembros de la pequeña población de orcas del canal, que están en serio declive desde hace unos años (actualmente son 83 individuos, el número más bajo desde 2003). Las causas del declive no estaban nada claras y se barajaban diferentes explicaciones, como el stress causado por los barcos de observación de cetáceos (esta zona es uno de los destinos más famosos del mundo) o la escasez de alimento (se trata de una población de orcas residentes por lo que se alimentan de peces, en concreto la base de su alimentación es el salmón Chinook (Oncorhynchus tshawytscha)).

Tucker y las orcas

Los investigadores pueden obtener información muy importante de las heces, como niveles de hormonas o contaminantes tipo PCBs o DDT. Y lo que encontraron fue que las mayores tasas de mortalidad coincidían con caídas en los niveles de hormonas tiroideas, lo que podría estar relacionado con déficit nutricional (los resultados de esta investigación no van a ser publicados de momento, hasta obtener una mayor cantidad de datos). Por tanto, los pasos dirigidos hacía la conservación de esta población deberían empezar por proteger la base de la alimentación de las orcas, el salmón Chinook, algo que posiblemente no sería detectable si la impagable ayuda de Tucker.

Un día de duro trabajo

Pero nuestro amigo labrador no es ni el único ni el primero. En la costa este trabaja desde hace años Fargo, un rottweiler que acompaña a Rosalind Rolland en su búsqueda de las gigantescas deposiciones de las ballenas francas del norte (Eubalaena glacialis) en la bahía de Fundy. Gracias al material conseguido, se puede conocer tanto el estado fisiológico de los ejemplares individuales como la estructura genética de una población que actualmente se encuentra en peligro de extinción.

La verdad es que tengo envidia, pero no de Fargo ni de Tucker, sino de las personas que tienen la suerte de poder trabajar con ellos.

Nota: Los artículos originales de los que está extraída la información se publicaron en The Seattle Times (link) y la revista National Geographic (link).

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Algunos records parecen imposibles de batir. Si no que se lo digan a Bob Beamon, que voló hasta los 8,90 metros en México ’68 y tuvieron que pasar más de 22 años hasta que Mike Powell superara el salto del siglo, dejando la nueva marca en 8,95 m. Otros sin embargo, casi duran menos que lo que tardamos en escribir sobre ellos.

Si recordáis, hace poco escribí una entrada sobre migraciones asombrosas en la que hablaba del increíble viaje de 8.300 Km de siete yubartas, lo que hasta ese momento era el desplazamiento más largo en el mundo de los mamíferos. Pues bien, tenemos nuevo medallista y plusmarca mundial. Pero antes, como bloguero vuestro que soy, os debo una introducción y esa introducción os la voy a dar.

 

Un bonito fondo de pantalla

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Una de nazis

En la Enciclopedia del holocausto de la web del United States Holocaust Memorial Museum podemos leer lo siguiente acerca de los experimentos médicos nazis:

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, algunos médicos alemanes realizaron experimentos dolorosos, y a menudo mortales, en miles de prisioneros de los campos de concentración sin su consentimiento. (…)En los campos de concentración alemanes de Sachsenhausen, Dachau, Natzweiler, Buchenwald y Neuengamme, los científicos probaron compuestos de inmunización y sueros para la prevención y tratamiento de enfermedades contagiosas; entre ellas la malaria, el tifus, la tuberculosis, la fiebre tifoidea, la fiebre amarilla y la hepatitis infecciosa. (…)Los más infames eran los experimentos de Josef Mengele en Auschwitz. Mengele llevó a cabo experimentos médicos con gemelos. También dirigió experimentos serológicos con romaníes (gitanos), al igual que Werner Fischer en Sachsenhausen, para determinar cómo las diversas “razas” soportaban las diferentes enfermedades contagiosas.

La verdad nada que no supiéramos: los nazis eran gente mala, muy mala, y Mengele el más malo de todos. De hecho son el símbolo de la maldad universal, los inventores de los genocidios y de las crueldades contra humanos más salvajes.

 

 

Mengele y sus amigos en la hora del café (Fuente: USHMM)

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¿Qué tienen en común un pingüino, una sardina y una gaviota? Además de compartir hábitat y mesa, poca cosa más. Aunque una de ellas es especialmente interesante: el patrón de coloración. Supongo que os habréis dado cuenta que la mayor parte de los peces son de color claro ventralmente y oscuro dorsalmente, al igual que muchas especies de aves marinas, tanto voladoras (gaviota) como no voladoras (pingüino).El hecho de que grupos evolutivamente distantes hayan desarrollado estrategias similares es lo que se conoce como convergencia evolutiva y este tema de la coloración es un buen ejemplo (otros casos paradigmáticos son las alas de aves y murciélagos o las aletas de peces y ballenas).

Chilly Willy, un tipo adaptado

Las presiones selectivas que conducen a la adquisición de esta coloración parecen evidentes: los colores claros permiten camuflarse al ser observado desde abajo, a contraluz, y los oscuros al ser observado desde arriba, con la oscuridad de fondo. De esta forma los peces se camuflan de sus depredadores y las aves evitan ser descubiertas.

Y si hay un ave que se ha hecho famosa gracias precisamente a este patrón de coloración son los pingüinos. Las aristocráticos miembros de las 18 especies que componen la familia Spheniscidae visten siempre elegantes fracs (no esperábamos menos de un grupo donde hay emperadores y reyes). Además de por su coloración, son un grupo admirable por sus espectaculares adaptaciones a la vida marina. Como ejemplo su particular plumaje, que los aísla contra las bajísimas temperaturas del agua y del exterior; unos huesos densos (en las aves voladoras son muy ligeros) que contrarrestan el efecto flotador de su grasa corporal, ayudándoles a sumergirse y, cómo no, unas alas absolutamente modificadas en forma de paletas propulsoras, que les permiten velocidades medias de 10 Km/h con puntas de cerca de 60 km/h.

Incayaku paracasensis comprado en Ikea

Toda esta historia de pingüinos era así de sencilla hasta hace unos días, que se publica en Science el descubrimiento de un pingüino fósil de hace 36 millones de años. Lo curioso del Inkayacu paracasensis no son sus enormes dimensiones (1.5 m de altura y 50 kilos), si no lo que se encontró en lo más profundo de sus plumas fosilizadas: los melanosomas de esta especie son totalmente diferentes de los modernos pingüinos.

No te sorprende demasiado, ¿no? Pues escucha. Los melanosomas son gránulos que contienen melanina, es decir, pigmento negro, y que por tanto dan color a las plumas. Variaciones de la forma de esos orgánulos producen variaciones relativas de concentración, lo que en definitiva se traduce en diferentes colores a nuestros ojos. Los melanosomas encontrados en el pingüino fósil de Perú son de dos tipos, largos-finos o pequeños-redondeados, lo que le daba un color grisáceo o marrón-rojizo. Sin embargo los melanosomas de las especies modernas son grandes y ovalados, lo que les viste con su chaqué negro característico. Pero, ¿por qué surge la diferencia? Evidentemente tiene que ser la selección natural que favorecerá a aquellos más oscuros dorsalmente, ya que como decíamos antes, este patrón de coloración el óptimo en las condiciones en las que habita esta ave. Pues no, amigo. Error. Este es uno de esos  false friends de la forma y la función o, en este caso, del color y la función. El oscurecimiento de los pingüinos es un hecho accidental, producto de las modificaciones estructurales sufridas por sus plumas para adaptarse a la vida acuática, que a su vez condujeron a cambios en los melanosomas y en definitiva a la aparición del color negro en su plumaje. La presión de vivir perseguido por una foca leopardo es lo que tiene, que cada salto evolutivo tiene que valer por dos.

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