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Archive for the ‘De Viaje’ Category

Marruecos es algo así como una gran factoría de producción de fósiles. Y no es ninguna metáfora. Literalmente se fabrican cantidades ingentes de fósiles que inundan las calles de cualquier de ciudad, se venden en puestos ambulantes en las carreteras e incluso tienen su cuota de mercado a través de internet. De hecho el título de esta entrada lo cogí prestado de un ensayo de Stephen J. Gould (que a su vez da título al libro que encabeza), en el que, entre otras cosas, nos habla de las falsificaciones made in Morocco. En concreto se centra en una especie de escorpión fósil, que como yo mismo pude comprobar no falta en la exposición de ningún chiringuito de minéraux et fossiles que se precie. El asunto es que la falsificación es tan asombrosamente burda que parece increíble que algún incauto pueda picar. Os lo muestro aquí abajo y decidís vosotros mismos. La foto está robada de la página de Flickr del usuario katieandtommy y en ella podemos ver la simpática falsificación al lado de un dibujo que aparece en el libro de Gould. Por desgracia yo no tengo mis propias fotos del escorpión porque hacer fotografías en Marruecos es una tarea imposible sin dinero por medio y no tenía ganas de pagar por una simple fotografía. (De hecho cualquier cosa que te propongas es imposible si no pagas, hasta preguntar una dirección. La sensación de que te miren como una cartera andante es agobiante, muy agobiante, y acabas por dejar de hacer ciertas cosas de las que te acabas arrepintiendo en el futuro).

 

 

(Foto: katieandtommy en Flickr)

Es curioso como estas falsificaciones proliferan de un modo directamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa del Atlas. En las carreteras de las montañas apenas se podían encontrar, en Marrakech ya eran habituales y en Essaouira pasaban a ser la especie dominante.

Pero las falsificaciones no son todas de una calidad tan infantiloide, sino que existen verdaderos artesanos que fabrican copias indistinguibles para los ojos de cualquier no iniciado en el tema. Es tal la perfección a la que han llegado que en internet existen hasta tutoriales de identificación de fósiles marroquíes falsos. Por desgracia, yo, que soy un completo ignorante del tema, todavía no he podido saber si el trilobites que me traje de Rissani salió del océano o del taller de algún manitas.

 

Fósiles de alta montaña

Lo que está claro es que se fabrican falsificaciones es porque la demanda es muy alta. Y si la demanda es alta es porque existe producto real de calidad. La cantidad de fósiles auténticos que se extraen del Atlas y Antiatlas es realmente espectacular. Y para colmo se pueden encontrar grupos de diferentes épocas, desde trilobites del Devónico, braquiópodos jurásicos o ammonoideos cretácicos. Por haber, hay hasta pterosaurios y fauna ordovícica de cuerpo blando.

Por suerte, el último día y en la última parada del viaje por el Atlas, tuve la suerte de encontrar el fósil más espectacular de todos. Mientras estiraba las piernas al lado de una tienda de carretera… lo ví allí, en el escaparate… llamándome… “cómprame, cómprame….”

 

Ese oscuro cefalópodo del deseo...

Supe que no era una falsificación desde el momento que le pregunté el precio al dependiente y sencillamente me respondió: “es caro, no puedes comprarlo”. ¿Un marroquí, que vendería hasta su alma, no me daba ni precio? Segundo intento y respuesta negativa. Le insistí para que me dijera el precio, solo por curiosidad. Mientras sonreía me lo espetó: 500€. Al menos no me quiso cobrar por las fotos. Por si alguien no conoce al sujeto de la fotografía, os lo presento. Eso es un Heteroceras, un ammonoideo del Cretácico inferior, que se caracteriza por su concha asimétrica a medio enrollar (como si fuese una especie de Ammonites en proceso de plegamiento).

 

Al final el que se ha enrollado he sido yo, porque lo que en realidad quería contaros con esta entrada es otra cosa. De fósiles de Marruecos, sí, pero otra cosa. Así que voy al grano. En la zona de Rissani y Erfoud la extracción de fósiles es enorme, por lo que se ha establecido una cierta “industria” en torno a los animales petrificados. Las cantidades que se obtienen de algunos grupos como ammonoideos, trilobites o crinoideos son impresionantes. Aquí va una muestra.

 

Crinoideos al sol

 

Una montaña de Ammonites

Orthoceras, los chipirones del pasado

Pero el grupo más abundante de todos son los Orthoceras, unos cefalópodos que habitaban los mares del Ordovícico y que seguro no esperaban un final así. En Erfoud son típicos los talleres de artesanos que trabajan las enormes losas donde fosilizaron los pobres orthoceras. Pero es tal su abundancia, que en lugar de ser preparados para su venta como piezas de coleccionista, pasan por un proceso de embellecimiento para ser convertidos en diferentes piezas que acabaran en la casa de algún hortera.

El taller del mal

 

Ahí lavaré yo los platos

Y como colofón, el desastre total, la humillación fosilífera, el acabose paleontológico. Millones de años bajo tierra no merecían este final. Morocco is different.

 

(No comment)

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DÍA 9

Dejamos Santa Elena hacia nuestro nuevo destino: Playa Sámara, un pequeño pueblo en la costa del Pacífico. El día anterior preguntamos por las opciones para llegar en bus a Sámara y cada cual nos ofrecía una ruta diferente, así que nos decidimos por la que supuestamente sería más entretenida y con paisajes más espectaculares.

Desde Monteverde

A las 6:00 a.m. cogemos el bus que nos llevará hasta Puntarenas. La primera hora y media de trayecto sigue los serpenteantes caminos montañosos de Monteverde con unas vistas de la planicie al fondo increíbles. Después nos incorporamos a la mítica Panamericana, la carretera que atraviesa el continente americano de punta a punta, que en una hora más nos dejará en la ciudad costera de Puntarenas. Total del trayecto: dos horas y media por $20 (repito de nuevo, los precios son siempre para dos personas).

Desde Puntarenas salen varias líneas de ferry que comunican con la Península de Nicoya. La nuestra nos llevará hasta Playa Naranjo (precio: $6- tiempo: 1 hora y media). El trayecto por el Golfo de Nicoya es bastante agradable, rodeados de islas de una vegetación espectacular y la posibilidad de ver pelícanos por el camino.

Salimos de Puntarenas...

...y llegamos a Playa Naranjo

Llegamos a Playa Naranjo con cuatro horas de viaje encima y aun vamos por la mitad del camino. Allí nos toca esperar durante una media hora al bus que nos llevará a Nicoya. El viaje a Nicoya dura alrededor de dos horas más. Eso sí, hay una parada obligatoria (el conductor también necesita combustible) de una hora en Jicaral, un pueblo en medio de ninguna parte, donde al menos podrás comer un rico casado a precio de saldo. Una vez en Nicoya, cogemos el último bus que nos llevará a Sámara. Una hora para completar 40 kilómetros, pero al menos tenemos el consuelo de viajar en un bus escolar yanqui de esos amarillos que salen en las películas. Toda una experiencia vital.

A las 16:30, por fin, llegamos a Playa Sámara. El calor no deja pensar, así que nos vamos directamente a nuestro hotel. El resto del día lo pasaremos paseando por el pueblo, relajándonos en la piscina y cenando en el restaurante del italiano más charlatán del mundo.

DÍAS 10-13

En Sámara por fin podemos disfrutar de días de descanso. El pueblo es pequeño pero tiene todo tipo de servicios (un par de bancos, farmacia, varios restaurantes, escuelas de surf, muchos hoteles) y en todo momento se respira tranquilidad absoluta, sin coches, sin aglomeraciones, edificios bajitos y bonitos, la playa casi desierta…

La playa de Sámara es de película. Varios kilómetros de arena blanca con las palmeras metidas hasta la misma línea de playa. De hecho es tan natural que la encontramos repleta de troncos y restos vegetales arrastrados por una tormenta unos días antes, lo que apenas dejaba sitio para tumbarse. Y el mar… el Pacífico… agua templada, olas enormes…

El Paraíso en el Pacífico

Hora punta en las calles de Sámara

Uno de tantos embotellamientos en las concurridas carreteras...

Además de la playa está la selva que llega hasta el límite del pueblo, lo que permite que la fauna sea de lo más variada en el mismo centro del pueblo. En los árboles puedes ver desde ardillas a monos aulladores, pasando por perezosas iguanas tomando el sol. La variedad de mariposas y aves llena todas las calles de color.

Y para rematar el paraíso, nuestro maravilloso hotel: el Sámara Palm Lodge. Si habéis seguido esta serie, habréis visto que nunca he dado nombres de hoteles pero este se lo merece. Los propietarios son una pareja germano-suiza, Lothar y Brigitte, dos personas realmente agradables, amables y simpáticas, que han construido un hotel especialmente acogedor, donde cuidan hasta el último detalle. (El precio por noche son $40, en la media de los otros del pueblo).

Conclusiones sobre Sámara: si buscas un destino para relajarte esta es una buenísima opción. En esta zona del país hay otros destinos más famosos como Tamarindo hacia el norte o Malpaís, Tambor y Montezuma en el sur, pero son excesivamente turísticos, donde se empiezan ya a ver algunas moles de cemento y los yanquis inundan las calles para desbravarse de esa forma tan patética que solo ellos saben (de hecho algunos ticos conocen Tamarindo como Tamagringo).

Colores...

... y más colores

DÍA 14

Todo lo bueno se acaba y nuestros 4 días en el paraíso del Pacífico también. Ahora toca deshacer el camino de vuelta a San José. Primera etapa, regresar a Nicoya, lo que supone una hora y $8. Llegamos a la hora de comer, así que salimos en busca de una soda donde comer un rico casado. Pero nos encontramos algo mejor. La cadena de comida rápida Pollo Campero, una especie de Burger King con aire costarricense, donde el rey, como no, es el pollo (alimento nacional en Costa Rica). El menú de sándwich de pollo con Fanta Colita me llena el estómago y el espíritu y es que mi afición favorita es comer cosas típicas y desconocidas de cada sitio que piso.

Downtown de Nicoya

Desde Nicoya el viaje ya será directo hasta San José, a donde llegamos ya de noche ($20/5 horas). De camino descubrimos que en el trayecto de Santa Elena a Sámara perdimos muchísimo tiempo yendo por Puntarenas, ya que lo más corto hubiera sido coger un autobús al llegar a la Panamericana que nos llevara a Nicoya pasando por el puente Tempisque. Esto pasa cuando dejas que te dé consejos más de una persona…

Hacemos noche en San José en un hotel de lo mas tétrico y nada recomendable (La Casa del Parque se llama). Antes salimos a cenar y descubrimos que San José no es nada recomendable cuando llega la oscuridad… De hecho para volver del restaurante, del que apenas nos separan unos 800 metros, nos recomiendan volver en taxi. Luego por la noche sirenas y redadas en el parque delante de nuestra ventana… una imagen que no hace justicia a la realidad del país.

DÍA 15

Fin de la aventura. Bien temprano salimos hacia el aeropuerto, donde nos espera una sorpresa final: hay una tasa de salida del país obligatoria para todo el mundo. Son $28 por barba y no se salvan ni los propios ticos.

Pero todavía nos falta un extra. Tenemos una escala larguísima en Nueva Jersey, así que decidimos acercarnos unas horas a Manhattan. En un día pasamos de la tranquilidad absoluta de Sámara a la locura absoluta de Times Square. El mundo está lleno de contrastes de locos.

Consejo: la forma más rápida y barata de llegar desde Newark a Manhattan es el tren. Dentro del aeropuerto hay un tren gratuito para moverte entre terminales y que te lleva a la estación de tren del aeropuerto. Desde allí hay un tren de la compañía NJ transit que en una media hora te deja en Penn Station (es el centro de Manhattan, muy cerca de Times Square, Empire State, Rockefeller Bld. y demás turistadas). El billete de ida y vuelta sale por $30.

Al día siguiente acaba definitivamente el viaje al paraíso. Espero volver algún día. ¡Costa Rica es PURA VIDA!

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DIA 7

Dejamos La Fortuna rumbo a Santa Elena, la ciudad base para visitar otro de los destinos míticos de Costa Rica: Monteverde.

Por primera vez nos vemos forzados a abandonar nuestro querido transporte público, ya que esta vez es realmente una locura. Los autobuses no pueden atravesar la zona montañosa que separa ambas ciudades, sino que rodea la Lagua de Arenal por el norte hasta llegar a Tilarán, donde habría que subirse a un segundo bus hacia Santa Elena, en un viaje que puede durar casi un día entero entre una cosa y otra. Así que optamos por la solución pa los guiris. En cualquier agencia puedes comprar los billetes para lo que se conoce como jeep-boat-jeep, que como su propio nombre indica, consiste en un pequeño trayecto en furgoneta hasta un pantalán en la Laguna Arenal, seguido de una horita de barco hasta la orilla opuesta, donde otra furgoneta te recoge hasta dejarte en la puerta de tu hotel (sí, es servicio directo a donde tú quieras).

La verdad es que merece mucho la pena esta alternativa por dos motivos. En primer lugar se puede considerar que el mismo viaje es una excursión. Primero un recorrido relajante por la Laguna, que tiene unas vistas espectaculares con el volcán de fondo y luego un sube y baja de un par de horas por la zona montañosa de Monteverde realmente increíble, con sus pueblecitos, ríos transparentes, cafetales y montañas por todas partes. Y en segundo lugar, porque el 2×1 transporte-excursión sale por unos $50 (repito, para los que se hayan enganchado aquí a la miniserie, que los precios son siempre para 2 personas) y en 4 horas llegaste a Santa Elena.

Con el Arenal de fondo

Santa Elena

El pueblo de Santa Elena es una simple aglomeración de hoteles, restaurantes, tiendas y demás familia al servicio de los visitantes de Monteverde. Es realmente pequeño, aunque no falta oferta de nada. Lo primero que notas es que el clima ha cambiado completamente respecto a La Fortuna. Haciendo honor al nombre completo de Monteverde, que es Reserva Bosque Nuboso Monteverde, nos recibió una niebla importante, que acabó en lluvia fina persistente durante el resto del día. Visto el panorama, decidimos pasar el rato metidos en el Ranario y realmente fue una buena elección. La entrada son $10 (p. persona) y da derecho a una primera visita con guía y una segunda vuelta a tu aire (si vas de día a la primera puedes hacer la segunda de noche, que los animales están más activos). La colección tiene las especies más atractivas del país como la mítica rana verde de ojos rojos (Agalychnis callidryas) que ya habíamos podido disfrutar en libertad; la rana dardo azul (Dendrobates pumilio), también conocida como blue jeans por su coloración y famosa por dos motivos: son las ranas de las que se obtiene un potente veneno que los indígenas usaban en las puntas de sus flechas y tienen un curiosísimo comportamiento de cuidado de su prole, ya que cuando los huevos eclosionan los adultos transportan a los renacuajos de uno en uno sobre su espalda hasta algún charco próximo;  la rana verde y negra (Dendrobates auratus), también venenosa y con uno de los patrones de coloración más espectaculares; las ranas cristal (Hyalinobatrachium sp.), una especie de locura evolutiva, ya que estas pequeñas ranas presentan un abdomen transparente que permite ver nítidamente sus órganos (y mas por su gusto de pegarse al cristal del terrario). Resumiendo, si estás en Santa Elena sin nada que hacer, no te pierdas el ranario.

Agalychnis callidryas, el icono

Dendrobates pumilio, la fashion victim

Hyalinobatrachium, la de cristal

Así como de regalo extra, conocimos a unos viajeros de los de verdad: el trío familiar formado por Joaquín, Romina y Máximo. Su aventura consiste en, ni más ni menos, un viaje por carretera desde Nueva York hasta Buenos Aires a lo largo de un año. Los detalles de la gran migración se pueden seguir en su blog NYtoBA. ¡Buen viaje!

DÍA 8

Día de excursión. La oferta tiende a infinito, especialmente para aquellos que busquen actividades de aventura, que no era nuestro caso. Nosotros estábamos allí con un único fin, una misión: ver el ave sagrada, la serpiente emplumada, el mítico quetzal. Solo había un pequeño problema y es que llegábamos justo al final de la época de reproducción, cuando empiezan a ser más escasos, aunque nuestra fe en Quetzalcoatl era inquebrantable.

Elegimos hacer el tour con Selvatura, una empresa que tiene una extensión gigantesca  de selva próxima a los límites de la Reserva. La entrada y el guía son $90 (repito para despistados, los precios siempre para 2 personas), aunque se puede hacer la visita sin guía (nada recomendable si quieres enterarte de algo). Además de la observación de flora y fauna, en el trayecto puedes cruzar varios puentes colgantes que van por el techo de la selva y que te permiten una visión de la selva única.

El techo del bosque nuboso

Recomendación: la empresa que oferta la excursión os ofrecerá recogeros en el hotel a partir de las 8 de la mañana, pero insistidle para empezar más temprano, que el parque ya está abierto y los guías disponibles. Cuanto más tarde menos probabilidad de ver fauna.


Nuestra excursión empezó sobre las 8:30, el sol empezaba a apretar y los animales, con el estómago lleno, estaban de retirada para echarse una siesta. Aun con todo, no estuvo nada, pero que nada mal la visita: colibríes, yigüirros (ave nacional de Costa Rica), pájaros campana (uno de los símbolos de Monteverde), monos aulladores, coatíes… Y cerca del final, mientras observábamos desde uno de los puentes colgantes a un grupo de aulladores alimentándose, apareció ella, una hembra de quetzal majestuosamente posada en una rama en un claro de la selva. La disfrutamos escasamente un minuto, porque uno de los monos se acercó tanto que la asustó, pero el objetivo estaba cumplido. Habíamos visto al quetzal. (Por desgracia no hay foto del glorioso momento porque me quede tan embobado mirándolo que no conseguía disparar).

Campylopterus hemileucurus, el colibrí ala de sable violáceo

Mono aullador desayunando

Con la misma entrada puedes hacer la ruta tantas veces como quieras, pero ya sin la compañía del guía, aunque nosotros decidimos abandonar porque el calor y el cansancio empezaban a hacer mella. En lugar de echarnos a la selva optamos por una relajante visita al jardín de colibríes, un pequeño espacio abierto donde se reúnen por decenas atraídos por el néctar de los comederos. Es toda una experiencia poder observar a escasos centímetros a estos bichejos: su vuelo frenético, el ruido del aleteo como si fuesen insectos gigantes, sus colores metalizados, sus plumas que recuerdan a escamas de reptiles… Todo un espectáculo memorable.

Una joya emplumada

Un universo de colores

Conclusiones sobre Monteverde

Si lo tuyo es la ornitología o simplemente buscas al quetzal, no puedes perdértelo. Si lo que buscas es un ecosistema de montaña diferente al resto del país quizá podrías probar con otros parques, con menos fama, pero también menos aglomeración. Además, llegar y salir de Monteverde requiere bastante tiempo por lo difícil del acceso. Así que decidir si ir a Monteverde o a otra zona de montaña sería cuestión de valorar el tiempo que uno tiene y los objetivos de la visita.

Por otro lado está el tema de Selvatura. Lo parte negativa es que en la misma zona donde tú estás intentando buscar aves, tienen montado el chiringuito de las tirolinas y demás, así que ya puedes imaginarte el ruido del invento y de los guiris gritando a lo tarzán. Además algunos senderos son compartidos por los amigos del turismo aventura-ruido, que son poco o nada respetuosos con los amigos del turismo naturaleza-silencio. Quizá sea una buena idea que busques tu excursión en una zona protegida sin aventureros…

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Dia 4

Cambio de planes. Decidimos irnos de Tortuguero un día antes de lo previsto y salir hacia La Fortuna, el campo base del volcán Arenal. A las 6 de la mañana nos recoge el bote que nos lleva de nuevo a La Pavona y de allí, en el mismo bus de la ida, salido de una novela de García Márquez, deshacemos el camino hacia Cariari. Esta vez no tocan chicharrones y la parada para el refrigerio es en una granja donde el amable conductor nos canta una lista de lácteos y la cotización del día. Momento impagable.

En Cariari comienza la larga travesía del desierto. Primera escala, Guápiles. Tiempo para desayunar y salimos hacia Puerto Viejo de Sarapiquí. Necesitamos una hora para hacer algo menos de 50 km. Aquí los buses son realmente un servicio público y paran cada poco, como si fuesen buses urbanos. El calor en Puerto Viejo es insoportable, pero toca esperar hora y pico al siguiente bus, que nos llevará a San Carlos. Por el camino aparece un contratiempo: las carreteras son tan estrechas que delante de nosotros se produce un pequeño accidente de dos camiones que bloquean totalmente el tráfico. Unos 40 minutos después arrancamos otra vez.

Al milímetro

A medida que nos acercamos a San Carlos el paisaje se hace cada vez más montañoso y el tiempo empieza a refrescar, cosa que se agradece… Tercera escala, San Carlos. Desde aquí un nuevo autobús nos llevará por fin a La Fortuna. Solamente hemos necesitado 10 horas para completar unos 200 km, aunque la parte positiva es que solo gastamos $40 y nos dimos una buena excursión por la zona centro del país. Aunque parezca increíble, esta es la opción más rápida para llegar de Tortuguero a La Fortuna usando el transporte público.

Recomendación: Siempre que cojas autobuses intenta subirte lo antes posible, porque el overbooking está a la orden del día. Verás que se forman colas enormes mucho antes de aparecer los buses en la terminal, así que nada de despistarse.

El volcán Arenal y el indio dormido

Llegamos a La Fortuna ya anocheciendo, aunque con luz suficiente para que el impresionante volcán Arenal nos dé la bienvenida. Antes de retirarse hasta el día siguiente, una cena típica tica en el que se convertiría en nuestro cuartel general alimenticio durante nuestra breve estancia en La Fortuna: la soda La Parada. Después de un espectacular casado la vida se ve de otra manera…

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DÍA 1

05:00 A.M. Poyehalli. Un avión y en una hora en Barajas. Un poco de espera, ración de seguridad, otro avión y en siete horas en Newark. Seguimos con la correspondiente espera, doble dosis de seguridad, otro avión y en cuatro horas aterrizamos en San José. Son las 20:15 hora local, ocho más en España. Tres aviones y casi veinticuatro horas después llegamos a nuestro destino. Empieza el espectáculo.

Nada más salir del aeropuerto cometemos nuestro primer error. Nada mas asomar por la puerta de salida es tal el acoso de los taxistas, que se suma al cansancio acumulado, que pese tomar ciertas precauciones acabamos subidos en un taxi pirata. Por suerte, nuestro conductor solo estaba interesado en el dinero del viaje, porque puede ser que subiéndote en uno de estos taxis el viaje acabe con un atraco, secuestro o algo peor. El día con más horas del mundo ya se acababa.

Advertencia: Los taxis en Costa Rica son siempre de color rojo oscuro y tienen dos triángulos amarillos en las puertas y uno en el techo. Además todos tienen taxímetro, que suelen usar a menos que pactes un precio fijo hacia algún punto muy común. Encontrarás otros coches rojos que se hacen pasar por taxis, colgando diferentes tipos de falsas acreditaciones. ¡Usa solo los de triángulos amarillos!

DÍA 2

Rumbo a la costa del Caribe, rumbo al Parque Nacional de Tortuguero. Desde la Estación de autobuses Gran Caribe sale nuestro primer bus. Por $12 (los precios los daré siempre para dos personas y en dólares, aunque en realidad se paga en colones) tenemos un billete hasta Cariari. En el trayecto tenemos nuestro primer contacto con la naturaleza costarricense y con los ticos en el autobús. Una vez en Cariari toca el primer trasbordo. Allí cogemos otro bus hacia La Pavona, que será el punto donde nos recoja la lancha que nos llevará a Tortuguero (no hay carreteras que lleguen más allá de La Pavona). Son $10 por el bus y $14 por la lancha. En total hemos necesitado dos autobuses, una lancha, $36 y unas cinco horas para completar la primera etapa.

Recomendación: En Costa Rica siempre tendrás la opción de desplazarte en microbuses privados entre los destinos turísticos más típicos, por un precio que ronda los $50 por persona y trayecto. Nosotros optamos por movernos en autobuses públicos. Todo es más lento, incómodo y hace más calor, pero sin duda es la elección perfecta si quieres tener una visión más cercana de la realidad del país. Nosotros no cambiaríamos por nada el haber cruzado el país en autobús, fue una de las mejores experiencias del viaje.


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Después de unas semanas convaleciente, luchando contra el stress post-vacacional, el síndrome de la clase turista, el jet-lag, la desgana de volver a madrugar y, lo peor de todo, el asco inmenso de volver a este país donde se le da la palabra al primer malnacido que quiera decir estupideces, como ese tal Munilla, hoy retomo (o al menos lo intentaré) la actividad (para-) normal de este mi querido blog. Y para matar la saudade, sigamos con aquella interesante mini-serie sobre los espacios verdes de Sao Paulo. Hoy es el turno del Parque Burle Marx.

El Parque Burle Marx

La historia del parque se remonta a la década de los 50 del siglo pasado, cuando el paisajista Roberto Burle Marx (autor entre otros del archifamoso paseo de Copacabana) recibió el encargo del diseño de los jardines de la mansión del millonario Baby Pignatari. Burle Marx completó su trabajo, pero la mansión no fue terminada y acabo siendo demolida, por lo que los jardines quedaron abandonados durante un largo período. Y así permanecieron hasta que en 1992 se contrató de nuevo al paisajista para restaurar el parque, que fue inaugurado en 1995 (y que su autor no podría disfrutar, ya que falleció en 1994).

Vista aérea del Parque Burle Marx (el cuadrado verde central solamente)

Actualmente el parque ocupa una superficie de 138.000 m2, de los que una tercera parte está cubierta por vegetación. En la zona central se conservan los jardines tal como fueran diseñados por Burle Marx en los años 50 (podéis ver la planta aquí). Rodeando casi totalmente la zona proyectada, se encuentran áreas naturales de mata atlántica.

Detalle de los jardines

La flora y fauna

El principal atractivo del parque es poder disfrutar en pleno centro de Sao Paulo (para ser más exactos zona oeste) de un reducto casi natural de mata atlántica, que, como ya os había comentado, está en seria regresión. Para ello disponemos de tres pequeñas rutas que en conjunto suman algo más de 2 km y que serpentean en medio de la exuberante vegetación.

Hace mucho tiempo...

La flora nativa del parque es realmente espectacular. Podemos encontrarnos con la jaboticabeira (Myrciaria cauliflora), pau-jacaré (Piptadenia gonoacantha), sibipiruna (Caesalpinia peltophoroides) o suinã (Erythrina velutina) por poner algunos  ejemplos, que junto a una interminable marea verde de todos los tamaños y colores, crean la ilusión de estar lejos de la locura de la ciudad por unas horas.

The spiders from Mars...

Y como no, aprovechando esta isla en medio del cemento, tenemos una increíble fauna a cada paso. Personalmente con lo que más disfruto es con los insectos, y para eso no hay nada como el clima tropical, así que las dos visitas al parque se quedaron cortas para la cantidad de bichería que me rodeaba. (La lista de la fauna del parque está disponible aquí). NOTA: si alguién reconoce alguna de las especies de las fotografías pido encarecidamente su ayuda con las identificaciones. GRACIAS

La señora Mutílida

Aquí volví a encontrar esos simpaticos crisomélidos con forma de sombrero chino que ya había fotografiado en el Jardim Botânico, junto con algunas especies de odonatos que ya conocía (al menos de vista, trato personal el justo…). Por suerte, tuve ocasión de llevarme a la cámara algunas cosas realmente interesantes, como una hembra de Mutílido que veía por primera vez en mi vida (No la especie, si no un mutílido en general. De hecho cuando lo vi pensé que era una hormiga. Luego pensé que con esos pelos solo podría ser un arácnido. Hasta que decidió extender las antenas y volví a la idea de la hormiga. Solo mas tarde, investigando en san-google descubrí que era lo que tenía delante). La visita continuo con unos ortópteros por aquí, unas mariposas de colores imposibles por allá…y, para redondear el día, pude ver a una pareja de titís de mechas blancas. Lo que se dice un buen día.

Otra de arañas raras...

Y un simpatico tití para despedirnos con alegría

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Desde hace ya unos años, paso al menos un mes en la ciudad de São Paulo. Yo vivo en las afueras de una ciudad pequeña, con poco más de 100.000 habitantes, así que el cambio para una megalópolis de 18.000.000 de humanoides necesita su tiempo de aclimatación. Con cada visita me voy habituando más al caos, el ruido, los atascos, los interminables desplazamientos, la contaminación, las aglomeraciones… y también voy descubriendo y sacando partido a todos los lugares que merecen la pena en São Paulo. Entre ellos, uno de mis favoritos es el Jardim Botânico (el otro la marea de restaurantes japoneses que inundan la ciudad).

Vista aérea del Jardin Botánico de Sao Paulo (zona superior izquierda)

El Jardín Botánico en una pequeña mancha verde en medio del cemento en la zona centro-sur de la ciudad y es la zona visitable anexa al Instituto de Botânica. Tiene una superficie total de 360.000 m2, donde podemos encontrar una enorme variedad de especies vegetales autóctonas y exóticas, además de una variada fauna, especialmente de invertebrados. La mayor parte del jardín se compone de diferentes espacios paisajísticamente planeados, aunque también podemos pasear por una gran zona pseudo-virgen. Es un lugar perfecto para escapar, en la medida de lo posible, del caos de la ciudad y de paso disfrutar de una flora y fauna impresionantes casi sin salir de casa (y totalmente natural, sin rejas por medio). Aunque también hay que decir que la tranquilidad es relativa, porque en SP esa palabra no existe, ya que a menos de 3 km tenemos el aeropuerto de Congonhas (efectivamente, en medio de la ciudad) que es uno de los de mayor tráfico aéreo de América Latina (sino el que más) y el vaivén de aviones encima de tu cabeza es interminable… aunque soportable! Y sin mas preámbulos, comenzamos nuestra visita.

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